Normalmente, cuando regalamos vino buscamos dos cosas:
- Que guste.
Esto es imprescindible para el siguiente punto. - Que nos recuerden como la persona que hizo ese regalo.
El regalo bueno.
El que sorprendió.
Porque sí.
Cuando regalamos algo también queremos un poco de protagonismo.
Nos hemos tomado el tiempo de pensar el detalle, elegir el vino, enviarlo…
y a cambio esperamos esa frase:
“Qué bueno estaba este vino.”
Todo en orden.
Pero hay una pregunta interesante:
¿Y si pudieran acordarse de ti varias veces?
Porque una buena botella tiene algo especial.
No se queda en un cajón.
No desaparece en un día.
No es un regalo que se olvida rápido.
El vino espera.
Y luego aparecen los momentos.
Una cena improvisada.
Una comida en familia.
Un viernes cualquiera que acaba siendo mejor de lo esperado.
Y entonces pasa.
Abren la botella.
“¿Te acuerdas quién nos regaló este Rioja?”
Claro que se acuerdan.
Porque los buenos vinos tienen memoria.
Funciona así:
Llega la caja.
La abren.
El papel.
La nota.
La ilusión.
Y dentro aparecen los vinos de Bodegas Amézola de la Mora.
Quizá un Viña Amézola Crianza para compartir sin esperar una ocasión especial.
O un Señorío de Amézola Reserva para una cena más tranquila.
O incluso un Solar de Amézola Gran Reserva de esos que se guardan… hasta que llega el momento perfecto.
Algunas botellas se abrirán rápido.
Otras esperarán semanas.
Meses quizá.
Y cada vez que descorchen una, volverán a acordarse de ti.
Es inevitable.
Porque hay regalos que duran mucho más de lo que parece.


