Hay un momento que todos los visitantes conocen.
Es ese instante en el que termina la visita, las últimas copas se apuran despacio, alguien hace una foto más entre las viñas y, poco a poco, los coches abandonan la bodega.
Vuelve el silencio.
Si has estado alguna vez en una bodega al final del día, seguro que lo has sentido. Parece que todo se detiene.
Pero la realidad es muy distinta.
Porque cuando el último visitante se marcha… nuestra jornada está lejos de haber terminado.
Mientras unos regresan a casa con unas botellas bajo el brazo y el recuerdo de una buena experiencia, nosotros empezamos a preparar la siguiente.
Las copas vuelven a su sitio.
La sala de catas recupera el orden.
Se revisa que todo esté listo para la visita del día siguiente.
Se limpian los espacios, se comprueba el stock de vinos, se responden los correos que no han podido atenderse durante la mañana y se organizan las reservas que siguen llegando.
Y, entre una tarea y otra, siempre hay un momento para comentar cómo ha ido el día.
«¿Has visto cómo disfrutaban cuando entraron en la sala de barricas?»
«Qué curiosidad tenían por el viñedo.»
«Me ha encantado la pareja que venía desde Canadá.»
Son conversaciones sencillas, pero nos recuerdan por qué nos gusta tanto abrir las puertas de nuestra casa.
Porque eso es exactamente lo que hacemos.
No enseñamos un museo.
No recitamos un discurso aprendido de memoria.
Invitamos a personas de todo el mundo a conocer el lugar donde vivimos y donde hacemos el vino.
Cada visita es diferente.
Hay quien quiere saber cómo se elabora un crianza.
Hay quien pregunta por la historia de la familia.
Hay quien se sorprende al descubrir cuánto tiempo pasa un vino en barrica.
Y hay quien simplemente busca disfrutar de una copa mientras contempla el paisaje de Rioja.
Todas esas formas de vivir una visita son igual de especiales.
Quizá por eso nunca sentimos que una visita sea exactamente igual a la anterior.
Cada grupo trae preguntas distintas.
Historias diferentes.
Idiomas nuevos.
Y una manera propia de descubrir la bodega.
A menudo nos preguntan cuál es nuestro momento favorito.
Y, aunque pueda parecer extraño, no siempre sucede durante la cata.
A veces ocurre justo antes.
Cuando el silencio todavía llena el patio.
Las viñas están tranquilas.
La luz empieza a caer sobre la Sierra de Cantabria.
Las copas esperan alineadas sobre la mesa.
Y durante unos minutos todo está preparado para recibir a personas que, en muchos casos, llegarán como visitantes… y se marcharán como amigos.
Ese es el verdadero privilegio del enoturismo.
No consiste únicamente en enseñar una bodega o servir una copa de vino.
Consiste en compartir una forma de entender la vida.
En explicar por qué esperamos con impaciencia cada vendimia.
Por qué una tormenta puede quitarnos el sueño.
O por qué seguimos emocionándonos cuando alguien prueba un vino y sonríe en silencio antes de decir: «Qué bueno está.»
Cuando cae la tarde y cerramos la puerta, la bodega vuelve a quedarse en silencio.
Pero ese silencio nunca dura demasiado.
Al día siguiente llegarán nuevas historias, nuevas conversaciones y nuevas personas con ganas de descubrir Rioja a través de una copa de vino.
Y nosotros volveremos a estar aquí.
Esperando para abrir, una vez más, las puertas de nuestra casa.


